Lo que Einstein diga, o bien todo lo contrario

¿Quién no conoce a Albert Einstein? Pues todos nosotros. No lo conocemos, conocemos su nombre y conocemos (o eso nos creemos la mayoría) sus resultados y sus teorías. O mucho mejor dicho, conocemos la forma de la ecuación E=mc2. La relacionamos con la teoría de la Relatividad, con la velocidad de la luz, los viajes por el espacio, agujeros negros y ciencia ficción. Incluso con la bomba atómica.
Hay gente que conoce un poco más y va más allá de la figura panfletaria con la lengua fuera, oh, vaya un genio, ¡mira tú que humor tiene! Resulta que nadie saca la lengua delante de una cámara… Sin embargo, esta foto que pongo en el post, es conocida, pero la historia de detrás no.
Hay quien sabe o se preocupa de saber acerca de sus años jóvenes, de sus estudios, de sus trabajos, su vida familiar, la relación con sus hijos, con su mujer, con su hermana… sus relaciones con otros colegas de la época y sus preocupaciones no ya políticas, sino éticas. Y sus relaciones tirantes o, al menos, no muy ortodoxas, con las religiones.
Ahora leo en El País que hay a quien todavía le preocupa la opinión sobre un tema en particular de una persona que murió hace más de 50 años. Cito textualmente:
“La palabra Dios no es más que la expresión y el fruto de la debilidad humana, y la Biblia, una colección de honorables leyendas primitivas, las cuales, no obstante, son bastante pueriles”
¿No está suficientemente claro lo que quiere decir? (a partir de aquí ya es opcional)
A lo que pretendo llegar es a que una de las penurias más grandes que tenemos nosotros, los humanos, es la de crear ídolos y dotarlos de una superioridad que… no es tal y como se pinta. Al decir esto, seguro que alguno me considera un estúpido prepotente, pero bueno, yo sigo razonando mis cosas. A la altura de Einstein había muchos, a la altura intelectual, de conocimiento de la física, incluso los había y hubo mucho mejores que él en muchos campos. La mente de John von Neumann me parece bastante más interesante que la de Einstein, siendo como fue el matemático conocido en la época (los cuarenta, cincuenta del siglo 20) más rápido y sorprendente, un verdadero tio raro.
Los había más organizados, los había más hábiles con las matemáticas (que nadie se crea que Einstein era malo en matemáticas. Eso es causa de la otra gran estupidez social, que es el periodismo poco documentado y titularista), los había con mejor memoria, con más gracia y más serios, más altos, más políticamente correctos, y… menos liberados mentalmente. O quizás con menos imaginación.
El resultado de Einstein acabaría saliendo de todas, todas, alguna vez. Tardaría más o menos, pero es como todos los grandes resultados de la ciencia. La peculiaridad es que Einstein trabajó más rápido con su mente, le echó más imaginación, rompió con las formas tradicionales de alcanzar un resultado. Primero imaginó, y después desarrolló. He simplificado mucho, seguro. Pero el logro intelectual de tanta magnitud que se le otorga a Einstein, creo que va más encaminado a que él “vio” la solución, que a que nadie hubiese llegado a los mismos resultados. Eso si que lo diferencia. Creo que hay pocos como él, no se ven muy frecuentemente, pero seguro que si digo Sir Isaac Newton, James Clerk Maxwell… y nos situamos en el contexto de su época, podemos equipararlos a Einstein. Pero en aquella época no había periodistas capaces de afirmar en el New York Times que las teorías de Einstein sólo podían entenderlas un puñado de humanos, a lo sumo. El periodista era el encargado de la columna de deportes, si no recuerdo mal… y lo meten a entrevistar al que ha sido señalado como la mente más brillante de la física, en el momento en que se pudo corroborar con la experiencia su teoría (que no antes).
El hecho de idolatrar a una persona, de focalizar toda nuestra admiración en un punto, cuando la realidad de la ciencia es que es un gigantesto e inabarcable conjunto de minúsculas aportaciones, pasitos hacia adelante, y algún que otro pasito hacia detrás, es similar a lo que tenemos hoy en día en la figura de la iglesia. Un error. No voy a enfangarme en ese pozo. Lo cierto es que en la ciencia, miles de investigadores (hoy día muchos miles, antes menos miles), trabajan en diferentes direcciones. Y hay momentos en que un grupo no necesariamente de conocidos entre si, empieza a tirar en una dirección. Y muy de vez en cuando, “llega uno y junta unos resultados de aquí y de allá y monta una teoría rompedora“. Pero si ese uno sufre un síncope y queda inútil antes de conseguirlo, ya llegará ese resultado. Eso está claro como el agua. Einstein fue uno muy grande, nadie lo duda, pero ni es el genio definitivo, ni supo de todo, ni todo eso que tan bien sale en los medios, envuelto en misterio.
Un grano de arena, el error de asignar a la persona equivocada a la entrevista equivocada, provoca que hoy en día se genere debate sobre si sí, o si no, o bien todo lo contrario, basándonos en un fragmento de una carta que Einstein envió a un filósofo en respuesta al libro que le envió aquél primero… En fin, es su opinión, yo lo dejaría ahí. Habrá alguien que crea que Einstein “vio a Dios y comprendió el sentido del Universo y la vida”. Einstein probablemente murió lamentándose por no haber conseguido comprender. Como todos nosotros, todos nuestros antepasados, y probablemente, nuestros descendientes.
Ya se que parece que me columpio un poco, espero no dar esa impresión realmente, pero hace ya muchos años que no creo en cuentos, que asumo perfectamente que cuando me muera, se apagará la luz y punto, que las cosas son como son, y que la capacidad de chismorreo es el potenciador de imagen más efectivo que existe. Todo eso unido a espíritus poco críticos, y a espíritus demasiado poco rigurosos y dados a “titularizar” hacen que para conocer las cosas haya que esforzarse mucho, buscar fuentes lo más fiables que consideremos (otro punto dificilísimo), etc. Pero sobre todo, no dar nada por sabido o entendido fácilmente. Alguien dijo una vez:
“Si todo el mundo hablase sobre aquello de lo que entiende, la vida sería muy silenciosa. “
Vía | El País
De muy recomendable lectura | E=mc2, de David Bodanis
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