La impresión externa

Hoy arranco con una anécdota de mi vida personal. Ahí va, a algunos os sonará, a otros no:
Tenía yo unos escasos 17 años. Escasos porque eran pocos, y porque realmente no maduré hasta mucho después (es un decir, no soy consciente de haber madurado), pero ya era el momento de entrar en contacto con el mundo laboral. Como todo, con sus pros y sus contras, pero a día de hoy una de las épocas de mi vida que más me aportó a mi desarrollo actual. No lo supe hasta mucho más tarde, claro.
Ese trabajo era en la playa (recordad que soy de Vigo), en un “chiringuito” muy conocido y sirviendo helados. Si, cucuruchos, tan ricos como suaves y que se derriten con facilidad. Trabajar todo el día sirviendo cucuruchos con el mar delante, viendo chicas en bikini o en monokini, que chollazo. De hecho muchos amigos me envidiaron en ese momento y me dijeron lo bien que estaba “ganarse pelas” por las tardes en la playa. Si, en aquélla época las cosas valían pesetas.

De vuelta a los posts en los que me da por pensar cosas, esta vez me pregunto si de verdad la gente es sincera consigo misma (porque se que es raro ser sincero con los demás, pero lo más dificil es ser sincero con uno mismo). ¿Hasta qué punto estamos ocupados? ¿Hasta qué punto anteponemos las obligaciones laborales, por ejemplo, a nuestra vida?